Lección aprendida

He terminado por aceptar que todos los castigos que me he llevado en la vida sólo eran fruto de una malformación en el alma.

Una incapacidad para que las cosas salgan bien a mi lado.

He dejado de querer comprender y me he dejado un rato caer, sin risa pero sin pausa, porque al final, lo único que me llevo es que sin mi es todo mil veces mejor y me he cansado de que digan que tengo la culpa.

Cualquier palo que toco, cualquier cosa, sin rendirme, por más ilusión, ganas y deseos que pongo, aún con todo el cansancio, con todos los deberías, da igual, porque la inutilidad es para mi y a veces hasta creo que mi presencia carga con toda la energía de todas las taras que no eran mías.

Lo que hay dentro no es válido para este mundo, pero el cuerpo sigue siendo una máquina de trabajo.

A veces creo que llevo demasiadas mujeres encima, me doy por perdida, pero ojalá lo que salió de mi no tenga absolutamente nada que se me parezca.

Las cosas que necesito son marcianas, lo que doy, lo que soy, caduca siempre tan rápido, que mi cuerpo ha empezado a dejarse vencer, y prepara un epitafio con letras tan imperfectas como un horizonte, que dice: lección aprendida.

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Agua escondida

Cómo se parece el trueno a ese recuerdo amargo que te pasa rápido por la cabeza y te deja medio sorda y asustada.

Sólo son las seis de la mañana y ya llevas un buen rato dando vueltas al café, oyéndote llover por dentro.

Ese instante en el que te permites descansar de toda una noche en guerra contigo misma, el desayuno, el silencio, las tazas y hoy qué?

Te apartas las nubes como puedes, completamente decidida a seguir aprendiendo de ti, de aquella que dejaste porque te hacía mucho daño y a la que prometiste rescatar cuando la marea se calmara.

Pero es que todo ese agua, en realidad sigue ahí, y es imposible no darse cuenta.

Sólo un recuerdo, fugaz, que te atraviesa la sien y te cambia la cara.

Estás hecha de tormentas y orgasmos y sigues insistiendo en ser la chica fuerte que frena en seco, se para los pies y quiere seguir caminando ligera de carga.

“Sólo conocemos el 5% de los océanos”

¿Y vas a poder tú ? Respira. Eres tan natural y humana que te apuntas un tanto en cuanto dominas un pensamiento.

Ese avance perfecto en el que la chica que eras ya no puede ser la que hoy es, y menuda medalla. Ganarse así misma.

Quien se ha pegado la vida bailando bajo sus lágrimas lo sabe, porque te llueves, y tanto que te llueves encima, si hasta has aprendido a surfear con todo y te has castigado por no poder un rato.

Truena. La cabeza es otra de esas masas que no congenia con lo tuyo, porque tú eres agua, mar, océano, horizonte infinito, y sin embargo te pesa, esa piedra que tienes encima del cuello, pensante, que te sumerge y te hace necesitar más fuerza en los brazos y en las piernas para no ahogarte.

Si, cómo se parece el trueno a ese recuerdo amargo que te pasa rápido por la cabeza y te deja medio sorda y asustada.

Pero hay que seguir. Otra ronda de café, humo y algún otro estigma más en el cuerpo para la colección.

Ya más calmada, te abrazas después del naufragio, miras por la ventana y de la misma manera que empezaste a llover, así de la nada, te haces paraguas y empieza el arco iris.

Nadie va a saber la que te ha caído encima esta mañana, ni siquiera te van a ver mojada porque por fuera vas a volver a ponerte un salvavidas.

Qué más da quién no lo entienda, somos el 95 % que queda por descubrir.

Por eso, porque no te has dejado rescatar tan pronto, por la valentía que has tenido de soportar otra tormenta, por enfrentarte a mil barcos que no piensan, por eso…

Deberías pedir un deseo cada vez que veas pasar un recuerdo fugaz.

Mantra de un útero cabizbajo.

Me gusta cuando intuyes que no hay verdad tan profunda como para regalar lo mejor de ti a cualquiera.

Cuando desafías lo que intento cerrar por dentro y me abres en canal el incendio.

Cuando me avisas con tu llanto un mantra que ya me suena: más das, menos tienes.

A veces creo que eres tú quien me protege y me guía diciéndome No te relajes.

Con todos los trasfondos que me intentan colar en cuanto confío de nuevo.

Me gusta cuando me acaricias la cara con tu voz sonando “uapa” que siempre coincide con el momento exacto que necesito.

Hemos pasado tantos tragos amargos juntos que sólo un soplo del polvo que queda de esas cenizas me quema la cara.

Otra vez.

Y tú sigues, como que no va contigo pero algo me dice que si, que y tanto que si.

Por eso sabes que no, que ya no, que siempre será igual…

y entonces me hago daño

y mi tristeza empieza con una pregunta:

¿tanto duele ser mi hijo?

Cinco minutos más

Soy esa que en cada cinco minutos más te está pidiendo toda una vida.

Y no lo niego, te condenaría a cadena perpetua en mi cama por haberme robado la inocencia con un arsenal de ganas de ti.

Lo que más me sorprende de todo esto, es que con la de cosas sencillas que hacemos nos sigamos queriendo cada día más y más.

Y hayamos aprendido de las tormentas que escapar juntos y renunciar a vivir en la mierda es el mejor argumento para volar.

Se me escapa de las manos, por eso me gustas tanto, porque no encuentro cerradura para callarme ni hay día que no tenga ganas de seguir escribiendo para ti.

Es pensarte y se me saltan los puntos, suspensivos, de recordar y volver a imaginarte, una y otra vez, en el estado más amable que me permito, sin miedo a equivocarme.

Con la calma cruzando los dedos…

y la cabeza soltando un por favor quédate, cinco minutos más.

No sé qué del amor

Te voy a contar una historia para que no se me arrugue por dentro y pueda volver a disfrutar de mi como merezco.

Me he cansado de decepciones y creo que hasta eso me está haciendo el amor, un encaje perfecto entre el contorsionismo para esquivar y la dureza de un esqueleto que no se quiere mover de la paz. Ese lugar al que voy cuando estoy conmigo y mando al carajo todo lo que quieren que sufra.

Tú y yo ya nos hemos dicho demasiadas veces que no pasa nada, ya nos hemos quedado helados y ya sabemos lo que es recomponernos después de una estampida, magullados, cada uno por su lado, buscándonos con la mirada a través de cincuenta mil Estoy bien.

Ya lo sabemos, que cualquier cosa que no sea juntos nos asusta, nos hace mortales, animales en celo y depredadores de desgana, apatía y fracaso.

Ya nos hemos contado una eternidad entera con la boca, nos hemos agarrado fuerte, a veces de la mano y otras atravesándonos las costillas después de equivocarnos por no hacerle caso al corazón. Nos hemos fallado hasta la extenuación y luego cansados nos hemos jurado no volver a hacerlo: ser lo que no queremos ser, para gustar a los demás primero y no gustarnos a nosotros mismos después.

No te quejes tras romper un papel si lo leído no te ha servido para guardarlo dentro, asimilarlo y poner en clave de duda lo que dicen que es nuestra luz. Sé que lo prefieres, porque el invento ese de lo peor es la muerte te hizo ser un optimista degradado, de ti, conformista, que no podía abrir la boca para decir Hasta aquí.

¿Y la vida que te dejas por el camino no es morir? ¿Y la mordaza que llevas dentro?

A quién le importa mientras tú hagas lo que esperan de ti…

En mi historia he apretado tantas veces los dientes que no me ha quedado otra que escribir.

Y decimos Ya no, con la boca manchada de mentiras mientras seguimos permitiendo, demostrando que todavía si. Que un poco más si podemos engañarnos, que todavía quedan fuerzas para más decepciones como si morir fuese la única forma de estallar.

Quizás, nos hemos sido desleales mucho tiempo, poniendo de excusa al corazón, al querer a alguien, como si decir y sentir que YA NO fuese dejar de querer, cuando lo único que significa es que hemos empezado a querernos. Qué mal visto está que te quieras tú primero y qué bien que te dejes.

YA NO

Porque sonreír por todo es un caramelo con veneno que te da un desconocido en la puerta de cualquier bar.

Porque lo correcto hace que nos vendamos muy barato.

Porque para aprender a querernos no necesitamos que primero alguien tenga que hacernos daño.

Porque Ya no, significa que hemos descubierto la vida, que ya no estamos ocupados en gustar a los demás.

Y lo mejor es cuando te mezclo como si fueses azúcar y sal en un misma receta . Quererme, querer que te quieras y no saber quererme sin quererte a ti primero.

Juntos y no sé qué del amor.

Teoría de mierda es esa que te cuentan que recibes lo que das. Precisamente por eso, para que te pegues toda la vida dando a la espera de cualquier cosa, así cuando te dan migajas puedan perdonarse, criticarte, echarte a los perros y preguntarte por qué no les aplaudes.

Te doy las gracias en el silencio de mi pecho por haberme enseñado todo esto.

No me ha parecido tan grave quererme yo primero, pero si valiente, porque hay que tenerlos cuadraos para quemar todas las teorías y fijarse sólo en lo que uno quiere.

Siente.

Merece.

Y a quien le venga grande mi verdad, un poco mentira si es. Así que ni me esfuerzo. Que las ganas de estar siempre también se marchitan, si uno no se puede ni dar validez. Para siempre y con cojones. Sin caer a los pies de nadie que no haya sabido estar a mi altura, como poco, cuando necesito, no cuando me necesitan.

Lo que yo venía a decirte, en realidad, es que me gusta tanto hacerte sonreír que no quiero que tengas que sonreír siempre.

Que te quieras, que te quiero y que me quieras y que cuando no te quieras y creas que así no puedes quererme, me busques en tu soledad y apagues las luces conmigo.

En el cielo van descalzos

Lo primero que hago al llegar a casa es quitarme los zapatos. Es una norma de mi cerebro que ya ni cuestiono. Inamovible. Forma parte de mí. Supongo que cuando uno encuentra su verdadero hogar lo hace hábito, quitarse las capas de la obediencia, el disfraz, lo que aprieta y estrangula, la mordaza de no ser realmente lo que eres, y sin querer, abres la puerta, te quitas los zapatos y ahí está, aparece el corazón, se ilumina todo el cuerpo como una feria, monta en fiesta, suspiras, largo y profundo, y toda la protección fuera. Ahí estás. Tú. Únicamente la que conoces bien.

Cuando me los quito también me estoy quitando personas de encima, el mundo se va fuera cuando me pongo cómoda, lo aprendí desde bien pequeña, con la supervivencia, mi escondite, mi manera de tener al menos unas horas para poder ser yo, sin que nadie me viera, mis ganas de ser invisible. Nunca he entendido el afán de protagonismo, a mi me gusta que nadie me vea. Menos responsabilidad, más cómoda, más libre, más todo. Al menos, siendo así, las personas que se acercan son de verdad.

Vaya si lo aprendí…

Quiero vivir descalza, supongo que es el único recuerdo que no quiero que se borre de mi nacimiento, mi piel desnuda, buscando la piel de mi madre, y supongo que todo empezó ahí, cuando en vez de piel (porque mi madre estaba dormida) me pusieron en una cuna de cristal.

Mi primer contacto con el mundo, el cristal. Empezamos bien.

Oigo mejor sin zapatos, de hecho solo escucho las cosas cuando son puras, cuando no se pretende gustar, por eso solo me fío de las cosas que se dicen en pijama y descalzo. En esa comodidad, sin disfraz, ahí es donde sale la verdad. La auténtica. Así que no puedo pasar mucho tiempo sin serlo.

Yo. Sin nada artificial encima. Precisamente por eso, porque veníamos a decir algo y nos vistieron primero. Soy la resistencia. Como queriendo retroceder y empezar de cero, mi vida, como yo la hubiese vivido, porque la vida empieza desde que yo la elijo, lo que va antes solo es la vida de los demás y yo su complemento. Me niego.

Encima que te obligan a nacer y a existir, te dicen que con el tiempo llevarás pendientes, sujetador, cinturón, tacones, bolso, zapatos… qué horror. La Libertad hecha trizas desde el principio. Me agobio sola porque ni siquiera te van preguntando por el camino: ¿te estás agobiando ?

Pues claro. ¿No me ves? Si fuese por ti cada vez sería menos yo. Si lo dejase en otras manos que no fuesen las mías cada vez sería menos vida.

Debo ser la única madre del planeta a la que le importan una mierda los estudios. Está el mundo lleno de cosas importantes por vivir, sentir y hacer, y nos dicen que seamos otra cosa. Paso. Eso no es sacarle provecho a la vida. Yo quiero dar alas.

M-i v-i-d-a. Empieza cuando me quito los zapatos y vuelvo a nacer como debería haber nacido. Cada día, me empiezo de cero. Cada día dejo más cosas fuera, cada día digo más adiós que hola. Cada día es mejor. Todo más yo. Que ya va siendo hora.

Porque no me sirve de nada cubrirme por fuera si por dentro sigo desnuda.

El mundo lo sabe, por eso duele tanto.

Ahora, todo es al revés. Como debería haber sido siempre. Cómoda, ligera de equipaje, mía. La verdad, tú y yo.

El suelo, la arena, la hierva, el agua… a esa puta felicidad, de pisar fuerte, segura y descalza, le he puesto mi nombre.

Y nada tiene que ver con las letras que juntaron para etiquetarme. Yo no soy esa. Ni soy ese nombre propio ni podrá nadie conocerme de verdad con zapatos.

He venido a saber quién soy, a romperme la piel para sacar mis alas y a ponerlo todo en orden.

En el cielo van descalzos y esa es mi tierra firme.

Überlebender

Tengo el mismo estado de ánimo que Berlín cuando no sabe lo que le pasa pero intuye que algo grave ha pasado. El mismo cielo independiente de una ciudad en ruinas a sus pies. Las mismas ganas de calma que un mar embravecido y cansado de dar oleaje a los que habitan y los mismos motivos que un pájaro para salir huyendo de cualquier cosa. Quizás, de cualquier cosa que no seas tú.

A veces sólo soy un cuerpo donde posan los días, como si fuese un espantapájaros en medio de un campo que quiere surgir, no sé si hago de vigilante de las cosas que quiero que me pasen, de las que me pasan y no quiero que marchiten o simplemente estoy, que ya es bastante. Tú y yo sabemos lo que significa estar, sin que ningún otro verbo se antoje a disfrazarlo.

El cielo me afecta a los huesos y el amor a las venas, así que cuando me encuentro tan mal como para dejarme caer rendida en el suelo, te convierto en cielo para que acabes siendo ese todo que me obligue a levantarme, para no tener ni una excusa que me deje en pie, sin más.

Yo tampoco entiendo nada, ni siquiera cuando camino con mi mente al final de la calle y mi cuerpo detrás.

Cuando se para el reloj en mis piernas, cuando mis brazos pierden la fuerza, sólo quiero que vengas y sigas dándome cuerda. Porque parece ser que te mentí, cuando te dije que el Amor no podía con todo, si sólo con imaginarte entrando por la puerta ya sonrío por seguir aquí.

Me asusta que seas tanto, por si algún día juego con desventaja y me quedo en el banquillo con mis sentimientos a solas, pero tampoco lo quiero evitar, eres un riesgo apasionante, que sin querer me mueve cuando ni siquiera yo puedo moverme.

Jamás pensé que hablar de fuerza fuese hablar de alguien. Pregúntaselo a ellos. Porque no creo que ningún superviviente,a lo largo de la historia, haya conseguido serlo sin tener a alguien ahí dentro.

Y ya ves, para esto de la vida, te he elegido a ti.

Esto nos va a doler

Abrázame. Como si no te hubiesen dicho nunca que todo va a ir bien.

Quédate un rato, el tiempo que necesites para comprender que no se trata de solucionar algo sino de sentir, sólo sentir, conmigo, contigo.

Deja de tenerle miedo al fuego de mi boca, al hielo de mi cuerpo y a las medias tintas que compras fuera con tal de no sufrir.

No voy a prometerte que el amor todo lo cura, que las ganas mueven el mundo, que la sonrisa es un color y que podemos con todo. No.

Esto nos va a doler.

Es mejor que lo sepas, porque si nos hubiesen avisado de lo que era la vida habríamos elegido mejor, sin metas, expectativas, finalidades. No hubiéramos querido agradar a nadie, no hubiésemos dado besos a cualquiera para buscar de entre un millón algo con lo que tapar la estúpida creencia de la felicidad. Nos hubiésemos conocido antes y no habríamos perdido el tiempo.

Es mejor que te vengas abajo primero y subas después, sabiendo que en cada peldaño te espero, sin venderte teorías absurdas, dándote la mano, aunque la vida nos duela.

A ti te asusta la culpa cuando me ves llorar porque aún no has entendido que lo mejor no es reír siempre sino sentirse vivo, y si caballero, soltar, también lo es. Mientras nadie se muera todo está bien. Descansa. Grita. Patalea. Voy a estar aquí.

Porque esa es mi fuerza, aunque tú me llames negativa, saber que la vida no es la búsqueda de la felicidad. Lo aprendí un día después de dar cien mil vueltas en círculo. Y tú en medio. Como un punto y final que iba a rozar mi principio.

Nos han metido en la cabeza el bien y el mal, nos han puesto en la paleta de colores el blanco y el negro, nos han puesto en los escaparates lo que nos hará feliz, nos han usado para su beneficio y nos han dejado vacíos, sin entender nada. Normal.

¿Qué queda realmente de ti ? ¿Lo que eres o lo que quieres ser? A veces te siento tan disfrazado que en silencio te escribo cartas como esta por si las necesitas de colchón. Odio cuando quieres ser fuerte y me sonríes o me hablas de chorradas para que me crea que estás bien o para que yo esté bien.

Te llevaría a un cirujano para que te arrancara a tiras esa piel que te han dicho que seas y me devuelvan a la persona que veo.

Déjalo ya. Descansa joder. Que no tienes que salvar a nadie. Que no tienes que ser nada. Que no tienes que agradar. Que te atrevas ya. Que quien te quiere de verdad no quiere que finjas. Que a quien te quiere bien no le molesta tu tristeza. Que no quiero proletarios en mi vida, ni ejecutivos de moral.

Suelta. No te calles. No te rindas tan fácilmente. No tengas miedo, no me voy a ir. Sólo abandono lo artificial. Hazte leal el alma. No sonrías tanto y sonríe mejor, de verdad. Que a mi me gustas hasta enfadado. Si no sabes cómo hacerlo. Abrázame. Y en el cuello te irán saliendo las palabras. Y si no salen, haremos un dibujo con nuestras manos.

Nos frustramos porque no podemos devolverle a la vida lo que esperaba de nosotros, pero es que ella no espera nada, ¡NADA! Sólo que te des un paseo unos cuantos años contigo. Cuando entiendas que no pasa nada por no ser feliz, empezarás a serlo.

Quítate la etiqueta, que ni tú ni yo somos nuevos a estrenar. Nos queda lo mejor, adaptarnos cómodos a nuestros cuerpos.

No eres más guay por hacerme reír, si entre risa y risa no lloramos juntos. Nos dejamos ser. Lo que nos dé la gana. Lo que necesitemos. Ah, espera, ya lo sé, a ti te han dicho que no necesitas nada. Voy a fumarme un puro.

Soldados del positivismo. ¡En fila!

Esto nos va a doler.

Matemáticas en la garganta

He tragado toneladas de cianuro para poder aceptar a personas que son como son. He inventado caminos hasta perderme con tal de no hacer daño a personas que ya me habían hecho daño. He perdonado lo que no me perdono ni a mi misma y he tenido mala educación con la vida, al volver a creer en los demás en vez de creer en mi misma.

He construido tantas zonas de confort que me han confundido con buena persona, creyendo que cuanto mejor estén los demás mejor estaré yo. A nadie le ha importado mi miedo, o mis ganas de paz.

¿Y cuando no es recíproco? Cuenta hasta diez y sigue. Que lo saben, que no quieres explotar y te explotan.

No. Ya NO.

Y antes de acabar el grito ya tienes a todos mirándote de reojo dentro de tu abrigo, en posición casi de ataque. No se creen que puedas dejar de ser el saco de boxeo donde descargar sus días. Me han llamado tantas veces la chica de los problemas que me lo he creído, por quererme tan mal, los hice míos, los de todos, por contar hasta diez. Yo no tengo que contar nada, yo tengo que contar conmigo.

Educación lo llaman, porque quizás molesta lo que no quieren oír. Pero es que yo no tengo la culpa de que a las personas oscuras les moleste mi luz.

No entienden que no estar de acuerdo no significa no querer. Que mi paz vale más que sus guerras. Porque pensar es un regalo que nos dieron y no me lo pienso perder.

Si, he tenido que pensar demasiadas veces sola, para no molestar.

No discutir. No hacer daño ( qué mierda de mundo es este en el que tener criterio propio puede dolerle a alguien).

El éxito del momento y las formas , que no te pese tener que callarte de vez en cuando, que puedes quererte igual, que no sabes la de amor que cabe en el silencio, que a veces en la garganta se nos atraviesan las pocas ganas de contar y otras, todas las veces que hemos contado.

Si te quieren, no te someterán a ese terror continuamente, porque nadie se merece tener que estar dando la razón todo el rato.

De la pérdida lo aprendí, que las maneras de decir lo que sentía me podía dejar sola para siempre. Y de la ganancia lo supe, que el camino siempre era el buen trato.

Contar hasta diez, es de lo primero que te enseñan, como si lo fueses a necesitar hasta la saciedad, para poder convivir con todo tipo de personas, que precisamente van a querer que cuentes hasta diez. Yo lo llamo educación, paciencia, amor, cariño… mientras otros se aprovechan.

Desesperanza como nombre, fracaso y hartazgo como apellidos.

Uno, no quiero ser como tú, dos, no estoy de acuerdo, tres, me estás cansando, cuatro, qué pesadez, cinco, no pasa nada, seis, te estás pasando, siete, entiéndeme, ocho, basta, nueve, por favor me dueles, diez, SE ACABÓ.

Me construyo por dentro, me necesito, como animal de compañía. Lo he intentado muchas veces y la garganta suspende. Me dueles, me salvo.

Hazme un favor, deja de idealizar, hay personas que se llaman así: Fin.

Me pones, la música a tope.

Quiero llegar a todos los orgasmos contigo.

Llevarte donde los poetas muertos dejaron lo mejor de este mundo.

Alzar una copa de vino y cosernos las banderas.

Compartir nuestras pasiones después del sexo y hacer de nuestra muerte, risa, canto y alegría.

Me encontraste en todas las canciones donde te busqué , y lo hemos llamado suerte, no sabemos nada de la vida.

Merecíamos este milagro de coincidir, que para eso hemos quemado naves con el mismo mechero.

Verás, no se trata de venderte un libro y hacerme la chunga con flores en la entrada. No tengo una libreta de expectativas porque hace tiempo que dejé de tacharme las heridas. En cada mirada, nos lo hemos dicho todo cien mil veces, y aún así, nos hemos empapelado con Nothing else matters. Por eso, porque al principio pensábamos que juntos olvidaríamos y resulta que a nosotros hasta se nos ha olvidado olvidar. Porque ya ni nos damos cuenta de quienes fuimos, así de la nada, como si hubiésemos nacido y crecido juntos. Tú me has hecho mujer, niña y adolescente, lo que nadie tuvo huevos, mi capitán.

Juro que pensé que tu piel iba a ser veneno y me pareció una preciosa manera de ir a por todas. Ya me conoces.

No te crees Sabina. Por eso. Por eso me gustas tanto.

Hemos puesto en la pata de la mesa los errores y por fin todo encaja, seguiremos balanceándonos, sin duda, pero sin soltarnos de la mano, incondicional, porque de aquellos finales hemos sabido hacernos principio de todo.

Y que le den a los que saben cómo se vive, mientras tú y yo sigamos riendo, cantando y olvidando.

Me has despertado en cada abrazo, a mi, que odiaba estar dormida. Me has llamado huracán caminando hacia él como un niño loco y travieso que ama el viento. No sé nada, y lo sabes, y sé tanto que a veces no quieres ni saber, porque ahora en vez de contarnos demasiado nos besamos, y joder, qué bien. Que bizarras se quedan las palabras cuando se trata de ti y de mi. Puta locura llena de paz.

Nos hemos hecho isla, y mira que me ha costado quitarte el miedo a quedarte más de cinco minutos en el abrazo, pero madrugamos para mirarnos y juntos podemos ir descalzos. ¿Qué hay después? Blindar nuestros sueños y dejarnos de ojalás. Qué vértigo, qué todo, qué tú.

Así que ahora que todo empieza, ríe, canta y olvida. Todo lo que sea capaz de soportar este planeta.

Pero recuerda.

Nosotros es gracias. Y no vamos a pedir perdón.

Porque me pones, la música a tope.