Matemáticas en la garganta

He tragado toneladas de cianuro para poder aceptar a personas que son como son. He inventado caminos hasta perderme con tal de no hacer daño a personas que ya me habían hecho daño. He perdonado lo que no me perdono ni a mi misma y he tenido mala educación con la vida, al volver a creer en los demás en vez de creer en mi misma.

He construido tantas zonas de confort que me han confundido con buena persona, creyendo que cuanto mejor estén los demás mejor estaré yo. A nadie le ha importado mi miedo, o mis ganas de paz.

¿Y cuando no es recíproco? Cuenta hasta diez y sigue. Que lo saben, que no quieres explotar y te explotan.

No. Ya NO.

Y antes de acabar el grito ya tienes a todos mirándote de reojo dentro de tu abrigo, en posición casi de ataque. No se creen que puedas dejar de ser el saco de boxeo donde descargar sus días. Me han llamado tantas veces la chica de los problemas que me lo he creído, por quererme tan mal, los hice míos, los de todos, por contar hasta diez. Yo no tengo que contar nada, yo tengo que contar conmigo.

Educación lo llaman, porque quizás molesta lo que no quieren oír. Pero es que yo no tengo la culpa de que a las personas oscuras les moleste mi luz.

No entienden que no estar de acuerdo no significa no querer. Que mi paz vale más que sus guerras. Porque pensar es un regalo que nos dieron y no me lo pienso perder.

Si, he tenido que pensar demasiadas veces sola, para no molestar.

No discutir. No hacer daño ( qué mierda de mundo es este en el que tener criterio propio puede dolerle a alguien).

El éxito del momento y las formas , que no te pese tener que callarte de vez en cuando, que puedes quererte igual, que no sabes la de amor que cabe en el silencio, que a veces en la garganta se nos atraviesan las pocas ganas de contar y otras, todas las veces que hemos contado.

Si te quieren, no te someterán a ese terror continuamente, porque nadie se merece tener que estar dando la razón todo el rato.

De la pérdida lo aprendí, que las maneras de decir lo que sentía me podía dejar sola para siempre. Y de la ganancia lo supe, que el camino siempre era el buen trato.

Contar hasta diez, es de lo primero que te enseñan, como si lo fueses a necesitar hasta la saciedad, para poder convivir con todo tipo de personas, que precisamente van a querer que cuentes hasta diez. Yo lo llamo educación, paciencia, amor, cariño… mientras otros se aprovechan.

Desesperanza como nombre, fracaso y hartazgo como apellidos.

Uno, no quiero ser como tú, dos, no estoy de acuerdo, tres, me estás cansando, cuatro, qué pesadez, cinco, no pasa nada, seis, te estás pasando, siete, entiéndeme, ocho, basta, nueve, por favor me dueles, diez, SE ACABÓ.

Me construyo por dentro, me necesito, como animal de compañía. Lo he intentado muchas veces y la garganta suspende. Me dueles, me salvo.

Hazme un favor, deja de idealizar, hay personas que se llaman así: Fin.

Me pones, la música a tope.

Quiero llegar a todos los orgasmos contigo.

Llevarte donde los poetas muertos dejaron lo mejor de este mundo.

Alzar una copa de vino y cosernos las banderas.

Compartir nuestras pasiones después del sexo y hacer de nuestra muerte, risa, canto y alegría.

Me encontraste en todas las canciones donde te busqué , y lo hemos llamado suerte, no sabemos nada de la vida.

Merecíamos este milagro de coincidir, que para eso hemos quemado naves con el mismo mechero.

Verás, no se trata de venderte un libro y hacerme la chunga con flores en la entrada. No tengo una libreta de expectativas porque hace tiempo que dejé de tacharme las heridas. En cada mirada, nos lo hemos dicho todo cien mil veces, y aún así, nos hemos empapelado con Nothing else matters. Por eso, porque al principio pensábamos que juntos olvidaríamos y resulta que a nosotros hasta se nos ha olvidado olvidar. Porque ya ni nos damos cuenta de quienes fuimos, así de la nada, como si hubiésemos nacido y crecido juntos. Tú me has hecho mujer, niña y adolescente, lo que nadie tuvo huevos, mi capitán.

Juro que pensé que tu piel iba a ser veneno y me pareció una preciosa manera de ir a por todas. Ya me conoces.

No te crees Sabina. Por eso. Por eso me gustas tanto.

Hemos puesto en la pata de la mesa los errores y por fin todo encaja, seguiremos balanceándonos, sin duda, pero sin soltarnos de la mano, incondicional, porque de aquellos finales hemos sabido hacernos principio de todo.

Y que le den a los que saben cómo se vive, mientras tú y yo sigamos riendo, cantando y olvidando.

Me has despertado en cada abrazo, a mi, que odiaba estar dormida. Me has llamado huracán caminando hacia él como un niño loco y travieso que ama el viento. No sé nada, y lo sabes, y sé tanto que a veces no quieres ni saber, porque ahora en vez de contarnos demasiado nos besamos, y joder, qué bien. Que bizarras se quedan las palabras cuando se trata de ti y de mi. Puta locura llena de paz.

Nos hemos hecho isla, y mira que me ha costado quitarte el miedo a quedarte más de cinco minutos en el abrazo, pero madrugamos para mirarnos y juntos podemos ir descalzos. ¿Qué hay después? Blindar nuestros sueños y dejarnos de ojalás. Qué vértigo, qué todo, qué tú.

Así que ahora que todo empieza, ríe, canta y olvida. Todo lo que sea capaz de soportar este planeta.

Pero recuerda.

Nosotros es gracias. Y no vamos a pedir perdón.

Porque me pones, la música a tope.

Tú y yo fuimos Sputnik

Yo tan de dime lo que sientes y tú mirándome todo el rato.

Y otras veces, de tu boca la teoría y de la mía la práctica, que así vamos compensando.

Esos árboles que todavía gritan nuestras risas del retiro, calles mojadas que se niegan a seguir echando de menos toda esa lluvia que nos caía encima y gente por la calle que prefiere un drama antes que vernos perder.

Están los poetas llenos de bares. Y a mi me encanta no entenderlos, contigo.

Y es que para mi la última piedra se comerá todo lo que hemos callado, y para ti será la última cerveza.

Si me quedo quieta, viene a mi toda nuestra piel y puedo sentir como orgasmo estar en paz de tu mano. Porque a veces no hace falta hacer otra cosa que no sea querernos. A ti y a mi hace tiempo que el amor nos lanzó ahí arriba.

Por eso mirabas el cielo tantas veces de pequeñito, porque me estabas buscando.

Niégalo, total yo sólo he venido a decirte que cuando me caigo… a veces te veo en las nubes,

duras poco rato,

pero consigues que pueda respirar.

Eso es lo único que sé de prometerte no soltarme nunca de ti, te acuerdas cuando… pues yo también te estaba queriendo y así seguiré.

Porque podría estar toda la vida despegando, si tres, dos, uno… eres tú.