Lección aprendida

He terminado por aceptar que todos los castigos que me he llevado en la vida sólo eran fruto de una malformación en el alma.

Una incapacidad para que las cosas salgan bien a mi lado.

He dejado de querer comprender y me he dejado un rato caer, sin risa pero sin pausa, porque al final, lo único que me llevo es que sin mi es todo mil veces mejor y me he cansado de que digan que tengo la culpa.

Cualquier palo que toco, cualquier cosa, sin rendirme, por más ilusión, ganas y deseos que pongo, aún con todo el cansancio, con todos los deberías, da igual, porque la inutilidad es para mi y a veces hasta creo que mi presencia carga con toda la energía de todas las taras que no eran mías.

Lo que hay dentro no es válido para este mundo, pero el cuerpo sigue siendo una máquina de trabajo.

A veces creo que llevo demasiadas mujeres encima, me doy por perdida, pero ojalá lo que salió de mi no tenga absolutamente nada que se me parezca.

Las cosas que necesito son marcianas, lo que doy, lo que soy, caduca siempre tan rápido, que mi cuerpo ha empezado a dejarse vencer, y prepara un epitafio con letras tan imperfectas como un horizonte, que dice: lección aprendida.