Violeta casi negro

Violeta era un recuerdo, de esos que no puedes quitarte por más antibióticos que tomes.

Era una estación de paso entre el mundo como lo sientes y el mundo como lo ves.

Una habitación vacía y abandonada llena de detalles a la que sólo podían acudir los buenos fotógrafos.

Era una especie de animal salvaje queriendo ser domesticado por el amor, que tan pronto te ronroneaba por fuera y ladraba por dentro como te ladraba por fuera para hacerte ronronear después.

Era como una de esas trapecistas que parecía desentrenada, después de tantos circos en los que se había tenido que cortar la cuerda.

Era el miedo camuflado, la que robaba disfraces en la tienda de disfraces para luego terminar comprando el suyo.

Era desecho y regalo recién abierto, carmín y pelo despeinado, zapato plano en las alturas y tacones de estar por casa.

Era un libro para leer y un cuaderno de notas para borrar.

De esas chicas que subrayan hasta las tres de la madrugada las frases más hirientes del pastel. La que se engordaba el alma sin piedad con cualquier sentimiento que entrara por la ventana, estuviese abierta o cerrada, con cortinas o sin ellas, sucia o limpia, rota y recién instalada.

Era de las que huía para buscarse cuando nadie la encontraba.

De las que se pellizcaba la piel cuando la vida se ponía constante y habitable, y hasta te la podías encontrar dándole la vuelta a una sonrisa pintada en la pared.

Si se soplaba el flequillo te estaba contando una historia.

Si subía la música bien alta en la ducha te estaba llamando a gritos.

Si leía demasiado estaba teniendo pesadillas por las noches, y en vez de contártelas era capaz de gritar que sólo quería leer.

Era lo suficientemente sociable para querer estar siempre sola.

Y lo más parecido a la experiencia de un bebé que había nacido tarde.

No tenía remedio frente a un ataque pero se desmoronaba ante la piel.

De distancias largas pero sencillas y torpe y quebradiza en las cortas, se batallaba cada error con promesas frente al espejo.

Le gustaba la tristeza, eso decían los que no habían estado en la suya, la llamaban dramática así sin más como quien entrega un pin, lo engancha en la solapa y se va.

Menos caperucitas, querido lobo, que violeta solo estaba programada para abrazar la verdad, porque era la primera que saboreaba un parque acuático o una piscina de bolas mientras los que tenían medallas de campeonatos de alegría estaban asustados en una toalla esperando el turno para acabar.

Ningún columpio jamás consiguió volar más alto que ella.

Ninguna nube consiguió pasar desapercibida del mundo de las formas.

Ningún pensamiento se instaló sólo para quedarse.

Y nada absolutamente nada le parecía por qué si.

Violeta era un color casi negro porque había probado todos los colores.

Y a veces cuando estaba agotada inventaba otro sólo para ella, para poder escapar de todas las cosas que le hacían sentir cuando lo único que quería era sentir nada.

Y ese fue el problema, que todo se quedaba en casi,

casi siempre,

casi todo,

casi cada día,

casi muere.

3 comentarios sobre “Violeta casi negro

  1. Por favor, no digas cosas raras, S. Me impresiona lo que te leo hasta el punto de que me da apuro dejar likes en cosas tan desgarradas; pero, lo cierto es que la historia está ahí y que está bien contada con imágenes espléndidas como esta de los disfraces o como la frase central de “Taras”.

    (si te parecen mal los likes dímelo y los quito)

    Le gusta a 1 persona

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