Cosas que aprendí de ti

1. No creer en los números. 
2. Cerrar las puertas para que no se vaya el calor.
3.Aplastar las latas después de beberlas.
4. Cocinar con ajo.
5. No ser más de lo que puedes.
6. Dormir sin sujetador.
7. Creer y apostar por ti para nada.
8. Saborear el vino, el jamón y el queso.
9. Hacer chistes con los carteles de carretera.
10. No escribir mensajes largos.
11. No estar cuando no te quieren.
12. No levantarme de la mesa.
13. No darle vueltas al coco aunque venga.
14. Encontrar a Casiopea.
15. Llorar a solas.
16. Escuchar historia como si fuese jazz.
17. No hablar demasiado de mi.
18. Merecer comprarme cosas.
19. Tener la paciencia de tu tiempo.
20. Extremoduro
21. Celebrar los viernes.
22. Abrazar árboles.
23. Soltarte.

Mi primer amor fueron sus manos

Él nunca supo que sólo con reírse conmigo y cogerme de la mano ya me estaba salvando.

Aunque no hubiese que salvarse de nada, estar en sus brazos era saltar el muro que te separaba de la guerra.

Él nunca supo que hubiera guardado sus miedos en una cajita, para arreglarlos por las noches a escondidas.

O que contaba sus lunares cuando me daba la espalda.

O que sentirnos un equipo era el sueño de cualquier atleta.

Él nunca ha sabido que teniendo las mismas taras, podíamos habernos comido el mundo. ¿Quien no se lo come simplemente sintiéndose amada por quien amas?

Nunca le dije que tenía mucho miedo, porque mientras él se escondía en una ventana nueva, en un pensamiento sin mi o en una página sólo escrita con su letra, yo iba dejando migas de recuerdos para que volviera.

Que nadie lo entienda no significa que puedan juzgar mis piezas, porque sólo él y yo sabemos lo que significó tenerlas enteras. Quien eres tú para decirme cómo salir adelante si no estuviste en aquel vino, ni en aquel mensaje sorpresa, ni has estado en sus ojos reflejada con su sonrisa tímida, traviesa y endulzada.

Y ahora, cuando me dicen que la vida sigue, que nadie se muere por nadie y que hay que empezar de nuevo, yo bajo la cabeza para mirarme el agujero que se ha abierto en mi pecho. Vacío, oscuro, profundo…

¿Y qué si le subí a un pedestal? Subirle era subirme con él, sentirme yo también arriba. Y eso era quererme.

Las bromas que sólo nosotros entendíamos, sentir que formábamos parte. Nada, no hay letras, no las tengo para que pueda entenderlo nadie.

Me quedaría esperándole toda la vida, aunque él me dijo que no había más tren, yo estaría sentada como en este banco, esperando a los obreros construir una nueva vía y sentir que algún día dejaré de sentir todo esto, como hablar con él en cada cosa que hago como una puta loca.

Él era mi paz, mi primer amor en mayúsculas, y no hay día que no haya un rato para llorar su abrazo. Hasta cuando soy feliz miro a los lados. Pero no está para ver mi risa o cogerme de la mano. Joder Sputnik, qué lento es todo sin ti.

¿Por qué me duele tanto el pecho ahora que ya no está, si él está dentro ?

A veces le odio con todo el amor del mundo, por esos cuídate, quiero que te vaya bien, pero si tú eres mi bien! Qué cojones estás diciendo.

Te deseo lo mejor, pero dónde vas deseándote por mi?

Le rabio, ladro y muerdo con toda la ternura de una perra abandonada, por haberme convertido en esto, él no sabe lo que duele que me haya dejado de querer. Porque el día que se quiera como yo le he querido y deje de quererse un sólo rato, entenderá mi mirada perdida y todo lo que ya no le cuento a nadie.

Porque ya soy muda. Solo escribiendo se despierta mi silencio.

Sigo. El mundo no se para aunque yo sé que los árboles también le lloran. Cómo me gustaría que me quisiese, que me entendiese, que dejaran de llamar drama a esta sensación de ahogo, de cojera, de sonrisa partida, de ojos tristes, de piel espesa, de querer dormir todo el rato para no darme cuenta.

No está y no va a estar más. Y los demás hablan como si no pasara nada. Mientras por dentro sólo quiero pegar un golpe en la mesa.

No hay nada que hacer, todo está tan perdido como el mundo, lo he intentado con todo el abecedario, con todas mis escasas armas de mujer, con toda mi fuerza, y no está, mi para siempre ha cambiado, ahora todos los tréboles son de tres hojas.

Nunca le dije, o quizás si pero no sirvió de nada…

Que mi primer amor fueron sus manos…

Y que seguir no significa que no le esté echando de menos.

A veces se me olvida que me lees y escribo

Qué raro es cambiar en tu móvil el nombre de alguien que has amado mientras recuerdas tiempos donde yo vibraba cuando él sonaba.

Qué raro es escribir cosas que te importan cero porque no puedes decir te quiero, te echo de menos o el tiempo pasa muy lento sin ti.

Qué raro es mirar a nuestro hijo y no querer a nadie a nuestro lado que no sea él. O que te inviten a una copa y sentirte tan extraña como una hormiga en un tablero de ajedrez.

Y me lo ha dicho, más de mil formas, que le olvide, que no, que la vida sigue con dos polos en cada parte del planeta, con dos mapas que se amaron tanto y se olvidaron la leyenda.

No insistas, no hay nada que hacer, aunque todo el mundo me eche la bronca.

Ojalá ser más inevitable que imposible.

Ojalá haber sido todas esas palabras que se escribieron para mi.

Ojalá haber detenido el miedo a tiempo y no haberme quitado el sitio por una vez.

He dejado de estar en medio tan deprisa que estoy partida en los dos que fuimos. La música manchada con su piel, el vino derramado, las sabanas perdidas, el carro de la compra que aún lleva sus manos, todo lo que ya no puedo comprarle, abrir una puerta y sentirte en ningún lugar, sonreír a medias para que no te escuchen, querer estar sola para poder llorarle y no poder.

Qué raro es ver a un soldado en firme paseando por su vida, aguantando la tirada, sin maletas y con algodones por si le sangra la herida. Yo nunca pensé que él ya no sería, ni yo que dejaría de ser.

En el contestador dejo flores, en borradores nuestros libros por leer, en el infierno le he dejado el cielo y en el cielo copas y cervezas por beber. La lista de la compra lleva sus ojos tristes con los míos. Me resulta insoportable mirar cerca y mirar lejos sin tener armas para dar marcha atrás.

Te preguntas cien mil veces qué hice mal, qué podía haber hecho, porque el amor es eso, decir en qué fallamos y arreglarlo.

Pero ha dicho que no, porque el si, era demasiado valiente. Y por dentro tengo la pena de Kurt Cobain.

Qué raro es mirarse al espejo y tener que escribirme yo. Qué raro es dormir sola y no alcanzarle con el pie. Qué raro es no escuchar la cafetera, ni oírle llegar, qué raros son ya todos los besos que no me da agarrándome la cara. Qué raras son todas las personas que habitan el mundo desde que él no está.

Qué raro es este vacío que intento llenar casi de forma imposible, soportando esa cara de castigo que dice que me quiere pero no soporta que exista y que esté, porque eso significa que ella también ha perdido y su amor le dio la razón.

Porque vida es alguien que te haga olvidar que estás triste, y que ojalá ese alguien fueses tú.

Si sólo son dos letras, la n con la o, cómo pueden dos armas acabar con todos los recuerdos, romperlos, enterrarlos y ahí te quedas? Cómo puede ser que el si no sea firme y el no gane todas las batallas que yo pierdo.

¿ Estás haciendo el idiota otra vez ? Pues claro, a pesar de, y con toda la lejanía que suman mis palabras. Me he cansado de que me rompan los papeles, saberme todo de memoria y los esquemas rotos siempre esperen y no sorprendan.

Qué raro fue oírle decir aquello y ver lo otro, qué raro que aún siga viva después de verme aquí otra vez. Nadie sabe por lo que estoy pasando, por favor pásame otra vez.