Cosas que aprendí de ti

1. No creer en los números. 
2. Cerrar las puertas para que no se vaya el calor.
3.Aplastar las latas después de beberlas.
4. Cocinar con ajo.
5. No ser más de lo que puedes.
6. Dormir sin sujetador.
7. Creer y apostar por ti para nada.
8. Saborear el vino, el jamón y el queso.
9. Hacer chistes con los carteles de carretera.
10. No escribir mensajes largos.
11. No estar cuando no te quieren.
12. No levantarme de la mesa.
13. No darle vueltas al coco aunque venga.
14. Encontrar a Casiopea.
15. Llorar a solas.
16. Escuchar historia como si fuese jazz.
17. No hablar demasiado de mi.
18. Merecer comprarme cosas.
19. Tener la paciencia de tu tiempo.
20. Extremoduro
21. Celebrar los viernes.
22. Abrazar árboles.
23. Soltarte.

Mi primer amor fueron sus manos

Él nunca supo que sólo con reírse conmigo y cogerme de la mano ya me estaba salvando.

Aunque no hubiese que salvarse de nada, estar en sus brazos era saltar el muro que te separaba de la guerra.

Él nunca supo que hubiera guardado sus miedos en una cajita, para arreglarlos por las noches a escondidas.

O que contaba sus lunares cuando me daba la espalda.

O que sentirnos un equipo era el sueño de cualquier atleta.

Él nunca ha sabido que teniendo las mismas taras, podíamos habernos comido el mundo. ¿Quien no se lo come simplemente sintiéndose amada por quien amas?

Nunca le dije que tenía mucho miedo, porque mientras él se escondía en una ventana nueva, en un pensamiento sin mi o en una página sólo escrita con su letra, yo iba dejando migas de recuerdos para que volviera.

Que nadie lo entienda no significa que puedan juzgar mis piezas, porque sólo él y yo sabemos lo que significó tenerlas enteras. Quien eres tú para decirme cómo salir adelante si no estuviste en aquel vino, ni en aquel mensaje sorpresa, ni has estado en sus ojos reflejada con su sonrisa tímida, traviesa y endulzada.

Y ahora, cuando me dicen que la vida sigue, que nadie se muere por nadie y que hay que empezar de nuevo, yo bajo la cabeza para mirarme el agujero que se ha abierto en mi pecho. Vacío, oscuro, profundo…

¿Y qué si le subí a un pedestal? Subirle era subirme con él, sentirme yo también arriba. Y eso era quererme.

Las bromas que sólo nosotros entendíamos, sentir que formábamos parte. Nada, no hay letras, no las tengo para que pueda entenderlo nadie.

Me quedaría esperándole toda la vida, aunque él me dijo que no había más tren, yo estaría sentada como en este banco, esperando a los obreros construir una nueva vía y sentir que algún día dejaré de sentir todo esto, como hablar con él en cada cosa que hago como una puta loca.

Él era mi paz, mi primer amor en mayúsculas, y no hay día que no haya un rato para llorar su abrazo. Hasta cuando soy feliz miro a los lados. Pero no está para ver mi risa o cogerme de la mano. Joder Sputnik, qué lento es todo sin ti.

¿Por qué me duele tanto el pecho ahora que ya no está, si él está dentro ?

A veces le odio con todo el amor del mundo, por esos cuídate, quiero que te vaya bien, pero si tú eres mi bien! Qué cojones estás diciendo.

Te deseo lo mejor, pero dónde vas deseándote por mi?

Le rabio, ladro y muerdo con toda la ternura de una perra abandonada, por haberme convertido en esto, él no sabe lo que duele que me haya dejado de querer. Porque el día que se quiera como yo le he querido y deje de quererse un sólo rato, entenderá mi mirada perdida y todo lo que ya no le cuento a nadie.

Porque ya soy muda. Solo escribiendo se despierta mi silencio.

Sigo. El mundo no se para aunque yo sé que los árboles también le lloran. Cómo me gustaría que me quisiese, que me entendiese, que dejaran de llamar drama a esta sensación de ahogo, de cojera, de sonrisa partida, de ojos tristes, de piel espesa, de querer dormir todo el rato para no darme cuenta.

No está y no va a estar más. Y los demás hablan como si no pasara nada. Mientras por dentro sólo quiero pegar un golpe en la mesa.

No hay nada que hacer, todo está tan perdido como el mundo, lo he intentado con todo el abecedario, con todas mis escasas armas de mujer, con toda mi fuerza, y no está, mi para siempre ha cambiado, ahora todos los tréboles son de tres hojas.

Nunca le dije, o quizás si pero no sirvió de nada…

Que mi primer amor fueron sus manos…

Y que seguir no significa que no le esté echando de menos.

A veces se me olvida que me lees y escribo

Qué raro es cambiar en tu móvil el nombre de alguien que has amado mientras recuerdas tiempos donde yo vibraba cuando él sonaba.

Qué raro es escribir cosas que te importan cero porque no puedes decir te quiero, te echo de menos o el tiempo pasa muy lento sin ti.

Qué raro es mirar a nuestro hijo y no querer a nadie a nuestro lado que no sea él. O que te inviten a una copa y sentirte tan extraña como una hormiga en un tablero de ajedrez.

Y me lo ha dicho, más de mil formas, que le olvide, que no, que la vida sigue con dos polos en cada parte del planeta, con dos mapas que se amaron tanto y se olvidaron la leyenda.

No insistas, no hay nada que hacer, aunque todo el mundo me eche la bronca.

Ojalá ser más inevitable que imposible.

Ojalá haber sido todas esas palabras que se escribieron para mi.

Ojalá haber detenido el miedo a tiempo y no haberme quitado el sitio por una vez.

He dejado de estar en medio tan deprisa que estoy partida en los dos que fuimos. La música manchada con su piel, el vino derramado, las sabanas perdidas, el carro de la compra que aún lleva sus manos, todo lo que ya no puedo comprarle, abrir una puerta y sentirte en ningún lugar, sonreír a medias para que no te escuchen, querer estar sola para poder llorarle y no poder.

Qué raro es ver a un soldado en firme paseando por su vida, aguantando la tirada, sin maletas y con algodones por si le sangra la herida. Yo nunca pensé que él ya no sería, ni yo que dejaría de ser.

En el contestador dejo flores, en borradores nuestros libros por leer, en el infierno le he dejado el cielo y en el cielo copas y cervezas por beber. La lista de la compra lleva sus ojos tristes con los míos. Me resulta insoportable mirar cerca y mirar lejos sin tener armas para dar marcha atrás.

Te preguntas cien mil veces qué hice mal, qué podía haber hecho, porque el amor es eso, decir en qué fallamos y arreglarlo.

Pero ha dicho que no, porque el si, era demasiado valiente. Y por dentro tengo la pena de Kurt Cobain.

Qué raro es mirarse al espejo y tener que escribirme yo. Qué raro es dormir sola y no alcanzarle con el pie. Qué raro es no escuchar la cafetera, ni oírle llegar, qué raros son ya todos los besos que no me da agarrándome la cara. Qué raras son todas las personas que habitan el mundo desde que él no está.

Qué raro es este vacío que intento llenar casi de forma imposible, soportando esa cara de castigo que dice que me quiere pero no soporta que exista y que esté, porque eso significa que ella también ha perdido y su amor le dio la razón.

Porque vida es alguien que te haga olvidar que estás triste, y que ojalá ese alguien fueses tú.

Si sólo son dos letras, la n con la o, cómo pueden dos armas acabar con todos los recuerdos, romperlos, enterrarlos y ahí te quedas? Cómo puede ser que el si no sea firme y el no gane todas las batallas que yo pierdo.

¿ Estás haciendo el idiota otra vez ? Pues claro, a pesar de, y con toda la lejanía que suman mis palabras. Me he cansado de que me rompan los papeles, saberme todo de memoria y los esquemas rotos siempre esperen y no sorprendan.

Qué raro fue oírle decir aquello y ver lo otro, qué raro que aún siga viva después de verme aquí otra vez. Nadie sabe por lo que estoy pasando, por favor pásame otra vez.

Viva el poeta que escribe rock

Me pregunto si están libres los niños de todos los pasos que damos los adultos excusándonos en nuestras infancias. Papá dejó a mamá porque el abuelo no se atrevió a dejar a la abuela. Mamá busco el amor y la familia porque no quería parecerse a la abuela ni al abuelo inexistente. Y en medio ellos, con cara de felicidad, marcándose un futuro que creen libre, con dos piernas y dos manos para poder jugar.

Por qué no nos dijeron antes que sufriríamos consecuencias ajenas, de ese niño en el parque que no se quejaba de nada, de esa niña que se quejaba de todo porque nadie la escuchaba…

¿Por qué no nos abrazaron para darnos más piezas que encajar? ¿Por qué tanto temor a que los hijos crezcan, se enamoren, se equivoquen, y elijan sus sueños? ¿Por qué tanto miedo a que pierdan y les pellizque el dolor más atroz?

Porque sabemos demasiado y sabremos que fue nuestra culpa, porque andamos planeándoles el viaje sin ser conscientes que de mayor estaremos en su recuerdo como ovejas descarriadas siendo ejemplos de nada. Y se sentirán vacíos de no saber qué hacer.

¿Cómo pueden las personas que me hicieron hacerlo tan mal? Y ahí empieza la autoestima. Agarraos fuerte.

Yo no tengo la culpa de parecerme a una persona que no me gusta pero a la que intenté querer, ni él tiene la culpa de ocupar todo el espacio que dejé dentro para el amor desconocido y que ansiaba por conocer. Joder, era una niña con unas ganas de sacar la lengua al mundo, sin bofetón de por medio.

Todo está relacionado, cuando me llamaba víctima o dramática era mi madre en forma de hombre hundiéndome en la adolescencia. Si me ignoraba era el del semen de una noche que dijo parecerse a mi pero que no gracias, declino la invitación a ser su padre.

Y supongo que cuando yo gritaba él veía el sillón con sus pies colgando rezando para que su padre le diera un beso y la calmara sin un ay déjame de por medio.

Es curioso, una mujer sola, deseando el amor, equivocándose, y otra mujer con amor para toda la vida, encantada de haberse equivocado, las dos, con dos hijos que dicen dejar de amarse por su culpa.

No quiero hacerles eso a mis hijos, por eso creo que me enamoré de lo que merecía y creí perfección, quizás le subí a un pedestal y es urgente bajarle. Daniel, tú tenías que haberme avisado que ese empujón duraría un rato. Un sólo rato largo pero para llegar otra vez al punto final de partida.

Está bien aprender, pero ¿y lo qué he dejado en el camino como mujer? Quise tener las ilusiones que no me dejaron, quise construir lo que a todo el mundo le daba pereza, quise ser lo que mi niña me dictaba desde el otro lado del espejo, quise sentir lo mismo que en las novelas, era feliz realmente feliz y lo decía, aunque se escuchaba como si pareciese que fuese a llover.

Tengo 40 canciones y tengo que volver a empezar, con la sensación de ser una chica repitiendo curso en el instituto. La que soñaba que a ella la vida le iba a ir mil veces mejor. Que no soportaría apegos feroces y hambrientos sino un amor de esos cómplices de los que sólo hace falta mirar para ver y nadie entiende nada.

Exactamente eso, que nadie entendiese nada. La mente sabe, el cuerpo siente y los demás qué opinen.

Y cuando los que opinan están en tu cabeza? Quién pierde? Quién gana? Quién vive su vida?

Este 2021 se ha pasado siete pueblos y estoy en el octavo esperándole.

Ay si, las cosas pasan por qué si porque somos inútiles siendo responsables, nos gusta la idea de que sea el destino el que hable cuando está harto de hacer lo que no nos atrevemos ni nosotros. Seamos serios, la vida es un rato, y va en serio.

Mis hijos ya han aprendido que el amor para siempre no existe, lo veo en sus ojos y me da pena, ellos me consuelan a mi porque creen más en la idea del amor de su padre, el juego de la oca, que al mismo tiempo detestan y harán que en el fondo de mayores busquen mi idea. Es un ciclo vital del que no se va a salvar nadie.

Y yo quería salvarles, salvarme a mi, salvar al amor y poder decir a ciencia cierta no tenéis ni idea. No es felicidad absoluta todo el rato, no son cubiertos en la mesa, no es el miedo a estar solo sino una firme elección preciosa, no es una lavadora llena, un despertador y una nevera con mil cosas para engordar.

Es un olor que te hace caminar desde su ducha hasta su persona, es saber si ya se ha ido porque hay una nota en la cafetera, es un espejo que te ve guapa, es una conversación que no gusta a las tantas de la noche para poder volver a la cama de la mano. Son días enfadados poniendo a tiro como niños quien ha aprendido mejor a defenderse, es un poder absurdo cuando el otro llora, niega o patalea. Es un abrazo a media noche porque si, porque estás aquí. Es caminar con problemas, con dos pares de zapatos y los cordones cruzados, es ese equilibrio del que nadie podría salir a menos que a uno ya no le guste la idea.

Y así se hizo el Bronx, Manhattan, Brooklyn, Chinatown y Central Park. Por culpa de gente que iba y venía aceptando la vida sin pararse a pensar. Corriendo para olvidar.

Queridos niños del planeta, algunos hemos fracasado por detener a mal tiempo todo lo que florece, no es asunto vuestro arreglar las calles, pero por favor no me toméis de ejemplo.

Yo florezco sola, como puedo, y me marchito las veces que me da la gana, porque eso es lo único que os puedo enseñar, sentimientos y humanidad. Pero no miréis a vuestro alrededor para ver cómo se vive porque entonces seguirán existiendo los unos más y los unos menos. No te distraigas, hay millones de cosas buscando venganza en forma de belleza.

Qué queréis que os diga… vivan los poetas que escriben rock, viva el rockero que llora y el poeta que lo manda todo a la mierda.

Los últimos ángeles del infierno

Aquel día te lo pedí, era un mensaje de texto breve, conciso y lleno de amor. ¿Te apetece follar?

Me quedé dormida y me desperté con tu boca en mi ingle, cómo te había enseñado, no lo olvides nunca, me besaste las costillas cosa que nunca habías hecho y me sentí rara, como si te estuvieses despidiendo. Follamos, como putos angeles del infierno. Te sacudiste en mi cara y te fuiste.

Me quedé hecha un ovillo en la cama, abrigándome con las sábanas, confusa. Te amaba. Pero te ibas, te estabas yendo, ya te habías ido. Y sólo quisiste placer mientras yo te estaba perdiendo.

Al día siguiente fui al baño y te imaginé empotrándome en la ducha, miré de lejos la cama y olía a ti conmigo, salí de la habitación y al bajar las escaleras te encontré, te apartaste para no cruzar conmigo, como si hubieses querido callarme con tu pene en mi boca, no hables guarra.

A mi me encantaba, pero aquella vez me hubiese gustado hablar, abrazarte, tocarte, cogerte la cara y empalmarte. Pero me mutilaste con la polla. ¿Puede hacer llorar un cuerpo desnudo? porque yo te imagino y se me pone gorda la tristeza.

Siempre te lo dije, si supieras tocarte, si supieras a qué sabes, si supieras abrazarte, amarías tus manos por encima de todo, por encima de mi.

Todo siguió igual de silencioso, unos desconocidos que no se acordaban que se habían tocado hasta el alma… que no sé si es mi piel la que te echa tanto de menos o soy yo.

Si hubiera sabido que era el último no te habría dejado marchar, ni de mi cama, ni de mi trampa.

Esta maldita flecha que tengo clavada, que te dibuja en mi cabeza enamorado, que me brinda vino con los ojos y me coge de la mano.

Si hubiese sabido que era el último te hubiese pedido más y de mil formas. Te hubiese pedido que me rompieras allí mismo, en vez de aquí sin ti.

Porque ahora,

Ahora no sé olvidar la vida, sin nosotros.

Con todas mis rosas

Le he dicho a septiembre que escuche nuestras cosas.

Que abandonemos las playas y les dejemos ser el mar, que aparece en todos los suspiros de quienes necesitamos huir.

Que tentemos a la suerte en cada rutina, dejándonos las máscaras en la mesita, de noche, lo que no somos de día… o cualquier otro invento que sigamos consumiendo para no vernos arder por dentro.

Por fin se acaba eso de fingir, eso de ver los rostros nauseabundos en las calles, mojados, exhaustos de felicidad porque todo el mundo sabe que en verano tienes que ser feliz. Cuánto más feliz más verano. Amo septiembre y todos los meses del año que no me obligan a sonreír, sólo así me sale una sonrisa auténtica.

El verano se parece a la navidad. Por eso me cuelgo en el perchero y me pongo al llegar a casa, o a otoño. Una tregua de gilipollez extrema.

Todo sigue igual aunque la gente vacía diga que no. Parejas que en la rutina no se entienden descubren en verano o en navidad el hastío de su vida. Amigos que demuestran realmente lo que son cuando el deber no les llama, familia que te miente y te hace creer que lo son porque es festivo. Todo cambia en cuanto las estaciones les ponen a prueba.

Por eso el mar se alegra de que dejemos las cosas como son, como realmente son y septiembre nos sonríe con una copa en la mano.

Hacemos demasiadas cosas que ni siquiera nos preguntamos si nos gustan sólo por él hecho de que las hacen los demás. ¿Qué microchip patético nos han metido ? ¿Es nuestra vida nuestra?

Ya no le doy mucho a quien ya sé lo que hace con eso,

incluyendo fingir, que no sirve para nada, mas que para fallarte a ti misma, y por ahí no paso. No me pregunten por qué.

Si pusiésemos nuestro planeta en un tocadiscos, sonarían decepciones repetidas.

Y alegrías, y caricias, y ternura, y risas, y enfados, y verdades… la vida va cargada de todo eso.

Y la suavidad de la espina tampoco miente.

Sinónimos de sexo

Abertura, falla, fisura, grieta, ranura, rendija, quebradura, resquicio, raja…

La raja que aprieta el bisturí entre el corazón y el ombligo.

La raja que aparece cuando entra el fuego y se va el calor.

Se abre. (Se corre)

A veces se abre como una cicatriz invisible que se deshace. Las visceras se pisan el suelo, como si hubieran sabido antes de amor, mucho antes de haberlo tenido,

cuando se soñaba, justo ahí, cuando nada, antes de la raja, ahí. (Virgen)

Y la cierras cuando te vistes, sonríes y vas a por más caminos, sin que nadie la vea. (Húmeda)

Esa raja, que enmudeció no sabes cuándo pero si de vez en cuando, ese silencio te avisa, que sigue ahí, antes y después de ti sin saber para, cuándo, ni por qué. (Deseas)

Aprietas y no sangra, porque cada vez que alguien saca sus ilusiones por la boca y se caen, hay un terremoto en alguna parte del mundo. Una raja en el subsuelo, para que andemos descalzos, conscientes de lo que hemos hecho.

(Follando)

Abro una caja de música y le doy cuerda para ver si sigue todo en su sitio.

Coso con mis dedos. Me acuerdo de los cuentos, del corazón que escuché en el vientre materno, de las idas y venidas a mi yo mas interno. (Erótico)

Y sin conocerme sigo esperando,

algún consejo más fuerte que yo,

alguna práctica más firme, alguna palabra llena de contenido, algún abrazo sin partirse en dos a la de tres y algún suelo capaz de sostener por encima de todo, mi cuerpo. (Desnudo)

He sonreído tres veces en una hora para hacer tres en raya conmigo.

La música despierta y duerme la raja. Me lo hice encima el miedo, para ver quien venía.

Pobres de los que se emocionan antes con una pantalla que con un susurro al oído, una canción en el ombligo, un pie frío rozado por casualidad, una mano en el pecho, una cabeza en el hombro, un beso en la frente o una caricia en el pelo. (Orgasmo)

Esos son los que ya no sentirán nada frente al mar, ni les contarán cosas a los árboles con la esperanza de que echen a andar, ni tendrán cerca la vida en las manos.

Y yo, que para ti sólo quería ser importante y hacerte el amor…

no pude evitarlo.

Espejito, espejito

Podemos escribir quiérete hasta que se nos fundan los cables que si no entendemos lo que es quererse de poco servirá.

Hablamos de espejos como si fuesen una salvación en blanco y negro, y tantas veces lo son… Incluso cuando te sientes bien y te dices todo lo maravillosa que eres añades colores nuevos.

Espejito espejito que una vez te rompiste y otra vez casi matas a la bruja del disgusto.

Para mi el espejo es decirme cien mil veces no estás sola, no nos queda otra que llevarnos bien, habrán mil problemas sin resolver entre tú y yo pero ni aún así te dejaré sola. Te miraré cuando no me soporte, muchas veces te miraré llorando te preguntaré cien mil por qué y en tu silencio nos abrazaremos, siendo honestas, tú conmigo, yo contigo, siempre juntas.

Porque decirte que eres maravillosa y quedarte ahí no va a hacer que nos miremos bien, la verdad siempre a la cara, imagínate contigo.

Con cada frustración nos perdonaremos, por estar sintiéndola, sin negarla y en cada suspiro después de la tragedia griega nos acabaremos riendo.

Te miro, te quiero, y me parece increíble que sigas aquí, después de tanto, como única persona en este planeta que me puede asegurar rotundamente que no me abandonará. ¿Por qué iba entonces a tratarte mal? Joder que si duele la vida… y aquí sigues, mírate. Llamándome pequeña todas las veces que lo necesito. Queriéndome hacer mejor, aprender. Siempre me tratas bien, soy yo la que estoy en deuda contigo.

Espejito, que yo sé que a ti y a mi nos abandonaron al nacer y aprendimos a andar por el camino solas, no sé cómo pedirte perdón porque no te sepa ver nadie, miro tus ojos y quiero llorarlos, tan mal nos salen las cosas más sencillas que hasta las complicadas con dos ovarios las olvidan. Perdóname, porque ni tú misma eres suficiente para mi, soy una inútil con miedo que te desafía con sonrisas. A veces me gustaría que me dijeses todo lo que necesito y me abrazases un rato besándome el pelo. ¿Por qué siempre tan solas? ¿Por qué no hacemos feliz?

Te mereces estar en otra alma, sólo nos han hecho bonitas por fuera. Escapa de mi, huye. Rómpete.

O un chupito por ti y por mi por la de veces que nos hemos fallado.

De aquello que no se puede hablar

Marta era de esas chicas que había estado siempre en la sombra haciendo sonreír a los demás. Tenía un aspecto desaliñado fruto de una madre obsesionada con el saber estar y una belleza a la que no le sacaba partido, para no destacar. Estuvo convencida durante mucho mucho mucho tiempo que el cuento lo ganaría Alícia por no ser princesa, ni malvada.

Era como aquella vez, cuando trabajando en un guardarropa se dio cuenta de que toda su vida había sido esa, guardar y conservar en perfecto estado las prendas ajenas y al entregarlas ninguna chica la miraba, ni para desearle suerte, y los chicos, todos la invitaban a saltarse las reglas y salir de allí.

Trabajaba durante horas escondida en un agujero viendo pasar a mujeres con trajes increíbles y tacones altos, a hombres asquerosos con sonrisa de Playboy estafados por su propio ego y rodeados ambos sexos de exceso de todo, menos de dolor.

Muchas de las servilletas que iba encontrando olvidadas acaban con frases escritas de su puño y letra. Su cabeza siempre parecía estar leyendo historias que la dejasen vacía de todo aquel vacío y sonreía al pensar que alguna vez a algún trabajador invisible como ella le podría alegrar la tarde leyendo “Estoy aquí contigo pero no me ves”.

Marta era como una isla a la que todos acudían cuando querían descansar o divertirse un rato, una de esas islas que sólo recibía turistas y barcos de Ida y vuelta. Siempre tenía un letrero en la mirada, casi como luces de Neón por si algún extraterrestre se decidía a hacer realidad toda esa poesía barata que le había amargado la vida, de tanto creer.

Tenía un marido que nunca la miraba como le miraban el resto de los hombres, quizás porque no la conocía, se decía así misma, advirtiendo desde bien pequeña, que sólo bastaba estar siempre disponible para ser la del pañuelo blanco que despide en un tren.

Había sido un completo fracaso su ascenso así misma, abandonó una carrera pensando que su mejor tarea en la vida sería cuidar de los demás, creyéndose que la necesitaban, iba a darlo todo para construir una generación que acabara con la suya, quería ser la matriarca de una novela de Luz Gabás, la recordarían por lo que luchaba por lo invisible de la vida y algún día lo contaría todo. Todo aquello de lo que nunca se podía hablar.

Era una risa en plena lluvia, divertida y cariñosa que sólo se reflejaba en un cristal para no darse por vencida. Rodeada de inútiles sin luz que se encendían con la suya.

Era capaz de todo con tal de sentirse viva, y eso, eso ahogaba a cualquier piedra.

Una vez se convenció así misma de que quizás era un fantasma, que por eso nadie se percataba de su presencia. Ni la esperaban, ni la buscaban ni la valoraban. Había diseñado su vida en un plan perfecto para que los demás se sintieran queridos y se había olvidado por completo de que los errores siempre ocurren por no saber decir NO a tiempo.

Le enseñaron el miedo, el castigo, la violencia, la indiferencia, la ausencia… nunca supo cómo decirle a las miles de personas que se cruzaban con ella durante el día que en realidad no tenía a nadie en la vida. Era como imposible. ¿Como se empieza ?

La habían subestimado tanto, la habían hecho creer que su presencia no era para tanto, que hasta después de escuchar un “necesito saber si te echo de menos” seguía pensando que la querían.

Reme, la del cuarto, se lo dijo una vez sentada a su lado en la cama: estás demasiado viva, Marta, será mejor que vueles sola si no quieres acabar convertida en una mujer de otro siglo.

Pero Marta insistía, hasta en las peores batallas han habido mujeres guerreras. Quería comerse el mundo y cuando se lo comía los hombres le decían que a donde iba con la boca tan llena. Dejó de intentarlo, un día cualquiera, de un mes entre los doce, cuando volvió a pasar desapercibida y se dio cuenta de que toda su vida había sido una auténtica súplica, un estoy aquí, quiéreme, un montón de palabras que nunca se habían ido de su alma y la habían convertido en esclava de una lucha, que nunca harían por ella.

Un día de esos que todo da vueltas hasta cobrar sentido y las piezas encajan, un día de esos en los que descubres el por qué y el para qué de todo. Un día de esos en los que Marta se juró así misma no tener mas paciencia, ni más sombras, ni más migas de pan ni más nada.

Un día de los miles que se imaginó en otro lugar, sin esperar a nadie, con los papeles intercambiados, cruzando cada día una playa, oliendo a mar, sintiéndose guapa, querida, amada, deseada, fuerte, capaz, útil, válida, risueña, firme y sin miedo a hablar, sin exámenes, sin condiciones, sin terrorismo, a que nadie la abandonara o la dejase de ver, simplemente porque ya no le importaba quien la viera, porque ya estaba ella con su vida, su niño de rizos rubios y el mar.

Un día de esos en los que dejó de apretar dientes de león para convertirse en el soplo, el deseo, el sueño y el ojalá.

Le había fallado otra vez a su nunca más, y lo haría cien mil veces con tal de tener una vida que contar. La suya. Cada vez más real y con menos mentiras. Cada vez con menos errores convertidos en gente y con más paz. Marta se había hartado de escribir en servilletas de papel, comprendiendo que no la leían, que la realidad estaba hecha para almas dormidas, y se salvó la vida en un silencio.

Como el que se salva la vida cerrando una puerta, con lo que nunca va a querer, detrás.

Marta no tenía un marcapasos, tenía una bengala y un verso de Jodorowsky:

“Te has convertido, por querer tanto verte, en un espejo vacío”